Durante décadas, el yoga se ha presentado como una herramienta universal de bienestar.
Sin embargo, en la práctica, no siempre ha sido un espacio donde todas las personas se sientan bienvenidas, seguras o representadas.
Hoy, más que nunca, necesitamos revisar cómo se enseña, a quién llega y desde dónde se acompaña el yoga. Porque el contexto ha cambiado.
Y el yoga, si quiere seguir siendo una herramienta de cuidado real, también necesita evolucionar.
Un contexto social que ya no es el de hace 50 años
Vivimos en un momento histórico marcado por desafíos profundos:
Aumento de los problemas de salud mental
Envejecimiento progresivo de la población
Mayor visibilización del trauma y sus efectos en el cuerpo
Desigualdades sociales y económicas que condicionan el acceso al bienestar
Según la Organización Mundial de la Salud, los trastornos relacionados con el estrés, la ansiedad y la depresión son ya una de las principales causas de discapacidad a nivel global.
A esto se suma una población cada vez más longeva y con mayor prevalencia de enfermedades crónicas.
En este escenario, seguir ofreciendo el yoga como una práctica homogénea, normativa y poco adaptable deja fuera a muchas personas.
Cuando el yoga excluye (aunque no sea su intención)
El yoga no excluye solo cuando alguien dice explícitamente “esto no es para ti”.
A menudo, la exclusión es más sutil:
Clases pensadas para cuerpos jóvenes, sanos y flexibles
Ritmos rápidos que no respetan distintos sistemas nerviosos
Lenguaje que asume que todas las personas se sienten seguras en su cuerpo
Espacios donde no se contempla la diversidad funcional, emocional o social
Muchas personas se preguntan en silencio:
“¿Puedo practicar yoga si tengo dolor crónico?”
“¿Si tengo ansiedad?”
“¿Si soy mayor?”
“¿Si no puedo sentarme en el suelo?”
Cuando el yoga no sabe responder a estas preguntas, pierde su potencial transformador.
La necesidad de un yoga inclusivo
Un yoga inclusivo no es un “tipo” de yoga ni una versión alternativa. Es una mirada ética y profesional que entiende que:
Los cuerpos son diversos
Las historias vitales importan
El acceso al bienestar no debería ser un privilegio
La inclusión en yoga implica adaptar la práctica a la persona, y no al revés.
Implica reconocer factores físicos, emocionales, sociales y culturales que influyen en cómo alguien vive el movimiento y la respiración.
No se trata de hacer menos. Se trata de hacerlo de forma más consciente y responsable.
Sensibilidad: comprender el impacto del trauma y el estrés
Cada vez sabemos más sobre cómo el trauma, el estrés sostenido y las experiencias adversas afectan al sistema nervioso, al cuerpo y a la capacidad de autorregulación.
Esto tiene implicaciones directas en la práctica de yoga.
Un enfoque sensible entiende que:
No todas las personas se sienten seguras cerrando los ojos
No todas toleran el silencio o determinadas posturas
No todas responden bien a ajustes físicos o instrucciones directivas
El yoga sensible no busca “sanar” ni forzar procesos. Busca crear condiciones de seguridad, ofrecer opciones y respetar los ritmos individuales.
Porque sin seguridad, no hay regulación. Y sin regulación, no hay bienestar.
Accesibilidad: llevar el yoga a donde realmente se necesita
Hablar de accesibilidad no es solo hablar de rampas o sillas. Es hablar de llevar el yoga a contextos reales:
Hospitales
Escuelas
Residencias de personas mayores
Centros sociales
Comunidades en situación de vulnerabilidad
En estos espacios, el yoga no puede ser una repetición del formato de estudio privado.
Necesita adaptarse a los tiempos, las capacidades, los recursos y las realidades de cada contexto.
Un yoga accesible es aquel que se deja moldear por la vida, no el que exige que la vida se adapte a él.
Un cambio necesario para que el yoga siga teniendo sentido
El yoga nació como una herramienta para aliviar el sufrimiento humano. Si hoy solo es accesible para unos pocos, algo se ha perdido por el camino.
El yoga del siglo XXI necesita:
Escuchar más
Adaptar más
Juzgar menos
Acompañar mejor
No para perder su esencia, sino para recuperarla.
Porque el verdadero yoga no se mide por la complejidad de una postura, sino por la capacidad de sostener a las personas tal y como son.
Mirar al futuro con responsabilidad
Pensar el yoga desde la inclusión, la sensibilidad y la accesibilidad no es una moda. Es una respuesta necesaria a un mundo complejo, diverso y desigual.
Es entender que el bienestar no puede ser estético ni elitista.
Que el cuidado es un acto colectivo.
Y que el yoga, cuando se practica con rigor y conciencia, puede seguir siendo una herramienta profunda de transformación personal y social.
Si el yoga quiere seguir teniendo sentido en el siglo XXI,
tiene que dejar de preguntarse cómo se ve y empezar a preguntarse a quién está dejando fuera.
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