Hablar de bienestar suele presentarse como una cuestión de elección personal: cuidarse más, moverse mejor, gestionar el estrés. Sin embargo, esta narrativa ignora la realidad en la que vivimos, una en la que no todas las personas parten del mismo lugar cuando hablamos de bienestar.
El acceso a prácticas como el yoga está profundamente condicionado por factores sociales, económicos y culturales. Por eso, pensar el yoga únicamente como una herramienta individual resulta insuficiente.
Hoy, más que nunca, necesitamos mirarlo también como una herramienta de justicia social.
Bienestar y desigualdad: una relación que no podemos ignorar
La salud física, mental y emocional no depende solo de la voluntad individual. Está atravesada por factores sociales que influyen de forma directa en cómo vivimos y en qué recursos tenemos para cuidarnos.
Algunos de estos factores son:
La situación económica y la estabilidad laboral
El acceso a espacios seguros y tiempo propio
La edad, la salud y la capacidad funcional
El contexto familiar, educativo y comunitario
La Organización Mundial de la Salud señala que las desigualdades sociales generan desigualdades en salud, afectando especialmente a personas en situación de vulnerabilidad.
Cuando el bienestar se convierte en un producto al que solo acceden quienes tienen recursos, deja de cumplir una función social y pasa a reforzar las brechas existentes.
Cuando el yoga deja de ser accesible
Aunque el yoga se presenta a menudo como una práctica “para todas las personas”, en la práctica no siempre lo es.
Existen barreras claras que limitan su acceso:
Espacios no adaptados a diversidad funcional o movilidad reducida
Prácticas pensadas para cuerpos jóvenes, sanos y normativos
Lenguajes y estéticas alejadas de muchas realidades sociales
Precios, horarios y formatos poco accesibles
Estas barreras no suelen ser intencionadas, pero tienen consecuencias reales: muchas personas sienten que el yoga “no es para ellas” antes siquiera de probarlo.
Cuando esto ocurre, el yoga pierde parte de su potencial transformador y se aleja de quienes más podrían beneficiarse de él.
Pensar el yoga desde la justicia social
Hablar de yoga y justicia social no significa convertir la práctica en un discurso político, sino asumir una responsabilidad ética.
Un yoga con mirada social implica:
Reconocer que no todas las personas acceden al bienestar en igualdad de condiciones
Diseñar prácticas que se adapten a contextos reales, no ideales
Reducir barreras físicas, emocionales, económicas y simbólicas
Entender el cuidado como una responsabilidad colectiva
Desde esta perspectiva, el yoga deja de ser solo una experiencia individual para convertirse en una herramienta de acompañamiento comunitario.
El impacto del yoga en contextos de vulnerabilidad
Las desigualdades en bienestar se hacen especialmente visibles en contextos como hospitales, escuelas, residencias y centros sociales.
En estos espacios, un yoga inclusivo, sensible, terapéutico y accesible puede:
Ofrecer herramientas de autorregulación en situaciones de estrés crónico
Facilitar una relación más segura y amable con el cuerpo
Crear espacios de pausa en entornos exigentes
Acompañar procesos vitales marcados por la enfermedad, el envejecimiento o la exclusión
El yoga no elimina las causas estructurales de la desigualdad, pero sí puede aliviar sus efectos en el cuerpo y la experiencia cotidiana de muchas personas.
Ética, formación y responsabilidad profesional
Pensar el yoga como herramienta de justicia social exige revisar cómo se enseña y desde dónde.
No basta con “llevar yoga” a cualquier contexto. Es necesario:
Contar con formación específica y criterio profesional
Comprender el impacto del trauma, el estrés y la vulnerabilidad
Utilizar un lenguaje respetuoso, no jerárquico
Adaptar la práctica sin perder rigor ni cuidado
La ética es el marco desde el que se sostiene la práctica, no solo un extra más.
Del bienestar individual al cuidado colectivo
Cuando el yoga se queda únicamente en el ámbito individual, su alcance es limitado.
Cuando se integra en comunidades e instituciones, su impacto se amplía.
Esto ocurre porque:
Se democratiza el acceso al bienestar
Se generan espacios de cuidado compartido
Se refuerza el sentido de pertenencia y dignidad
Se acompaña a personas que quedarían fuera de otros formatos
En este sentido, el yoga puede convertirse en una herramienta sencilla pero poderosa para reducir brechas y sostener a quienes más lo necesitan.
Una mirada necesaria para el presente y el futuro
Vivimos en sociedades marcadas por el envejecimiento, la precariedad y una creciente crisis de salud mental. Ante este contexto, el yoga no puede ser ajeno a la realidad social.
Entender el yoga como herramienta de justicia social no le resta profundidad ni sentido. Al contrario, lo conecta con su propósito más esencial.
El de acompañar el sufrimiento humano con respeto, sensibilidad y compromiso, y de recordar que el bienestar no debería ser un privilegio, sino una posibilidad compartida.
En Yoga Sin Fronteras trabajamos para que el yoga sea una herramienta real de justicia social.
Si te interesa formarte en un enfoque inclusivo, sensible, terapéutico y accesible, puedes echar un vistazo a nuestras formaciones y conocer cómo llevamos esta visión a la práctica.